6.4.14

REMOLINO


No quiero presenciar 
La muerte de mis amigos 
No quiero sufrir la partida 
El desengaño 
El dolor 
No quiero padecer la soledad 
A menos que mi fiel copa de vino 
Me arrulle con su terciopelo 

Imagine setenta y seis formas 
De vivir mi días 
Y aquí estoy, encadenada 
A este pedazo de mentira 

No me sueltes  
No te vayas 
No quiero el páramo 
La ironía de tu ausencia 
Embarrada en mis pensamientos 
Sin que pueda matarte 
No quiero mis recuerdos en una pesadilla constante 

Mi existencia duerme 
A cortina cerrada 
A postigo clavado 
En el fondo de un arca 

De mi amigo, de mi roca 
De aquello que me prometiste 
Desaparezco 
De las palabras y los besos 
De calles en madrugada y los zaguanes 
Afuera del mundo 
De los universos 
De las galaxias y esquinas 

Si tuviese una noche 
Para chocar con tu pecho 
Elegiría correr desnuda 
Entre los árboles y el viento. 

4.4.14

SHORT DE LENTEJUELAS

Hugo no me dijo que sus amigas me arrastrarían a su casa ese sábado. Tampoco tuvo en cuenta que hacía frío y lloviznaba, además de ser feriado y sin colectivos. Juana y Olga (no son sus verdaderos nombres, pasa que no los recuerdo. Ni siquiera sé si me los dijeron o no les pregunté). Juana era rubia, hermoso cuerpo, firme en sus veintipocos y mucho delineador de ojos. Olga era corpulenta y llena de rulos, hablaba fuerte y era la que tenía porro. Las dos eran simpáticas y me hacían sentir de mil años. 

Llegamos a la casa de Hugo y habia gente saliendo por todas las habitaciones. Sentados en el piso, sobre colchones, fumando y tomando cerveza. Hugo me vio. Hola mi amor, me dijo mientras me abrazaba y me besaba. Se rió con Olga y Juana se perdió en algún recoveco.
Estuve diez minutos dando vueltas por el patio, tratando de encontrar un lugar para sentirme tranquila. Hugo tocaba la guitarra frente a un grupo de chicos y parecía haberse olvidado de mi o de lo que me había llevado hasta ahí. Suspiré buscando alguna salvación en el teléfono y vi la hora. 
Entré a despedirme, era un día importante para mis alumnos e iba a llegar tarde. El cielo se puso más gris y la lluvia cayó con más ganas. Hugo insistía en que no podía irme sola (él no podía dejar su casa y su fiesta) así que convocó a Juana y Olga, otra vez, para que sean mis acompañantes. 

Intenté negarme con una vehemencia sobrenatural pero las chicas necesitaban ir hasta centro también. Hay un chico que quiero ver hoy mismo, sentenció Juana mientras buscaba entre unos trapos desordenados. Sacó un short de lentejuelas, sucio. Se bajó ahí mismo su pollerita y se cambió. ¿No te da asco no saber de quién es esa ropa?, le pregunté. Ella se rió y contestó que le encantaba. A su chico también. Olga asintió abriendo su paraguas y nos encaminamos hacia la avenida. 
El aguacero crecía, mientras convertía las calles en ríos. En la esquina logramos ver el colectivo que llegaba y aunque le hicimos señas, aceleró y pasó de largo.

MIRAR A ALGUIEN

¿Le miraste la cara de alguien que te gusta mucho? ¿Cuando está distraido, conversando con otra gente y no tiene idea que es observado en cada gesto? 

Y si mirás fijo, podés sentir como el mundo se esfuma y así el tiempo, dejando el espacio sentirse como un segundo de minutos y los bordes de la realidad se redondean hasta dejarse al infinito. La sangre se detiene en las venas, flotando. 

Ahi ves las sonrisas sinceras, las pupilas que brillan y se opacan. Los sorbos al vaso, nerviosos, las manos un poco temblorosas. La forma en que enarca las cejas cuando siente un poco de vergüenza, como se moja los labios cuando ya quiere irse. 

Cada poro y contracción son inexactos a la vez que perfectos, la armonía única del rostro único que en ese momento había elegido mirar. 

(Schubert se escuchaba de fondo, brindando un paseo etéreo a golpes de piano. Dulzura, le dice el ebrio.) 

 En lo que observás ya no existe límite de lo desconocido y familiar. Abriste una puerta, dejando entrar una muerte más que en el futuro deberás llorar. 

Luego se da vuelta y te encuentra. 

Entonces algo se enciende y es aquella persona que decide convertirse para vos, a la que dedica muecas únicas y deliberadas para que no las olvides, para que adores. 

Dentro tuyo algo empieza a moverse, a ronronear luego de un chasquido. Ah, claro, pasa también: me mira y todo cambia, se transforma y me dedica una sonrisa.


3.4.14

CINCO MINUTOS


Denme 5 minutos frente a la heladera que voy a saber que hacer. Aún cuando la desazón haya tomado forma de limones mustios o tapers que prometen nuevos mundos en su interior. Crearé algún plato original con elementos dudosos que puedan llamarse exóticos, o quizás algún arroz hervido hace una semana sea un excelente acompañamiento para un huevo duro.

Denme 5 minutos frente a la página en blanco y seguro la voy a llenar de palabras de frustración, alegría o un simple recuento de cuantos colectivos tuve que correr ese día. No aspiro el Pullitzer nunca más ni tampoco a cervanteadas violentas. La idea es que las letras sigan teniendo sentido cuando las paso de mi cabeza a la hoja, y que sigan sosteniendo mi insanía latente.

Denme 5 minutos frente a un hombre que seguro voy a saber si esa sonrisa implica una hermosa amistad o la debacle de mi vida. La sonrisa, la forma en que brindamos y cómo dice mi nombre, todo ello tan breve y aún así, esos minutos han sido el preludio de tantas hermosas catástrofes.

Denme 5 minutos frente a un animal asustado que voy a arrastrarme hasta conseguir rescatarlo de laberintos oscuros y sucios, que voy a dejarme lastimar con sus zarpazos desesperados con tal de asegurarme que no esté perdido o hambriento, sufrir con su indiferencia y abrazarlo hasta que deje de temblar.

Que luego de 5 minutos ya no habrá vuelta atrás y una nueva compañía estará en mis piernas, mientras escribo estas palabras, maullando distraído.


1.8.13

DATES

Es maravilloso cómo funcionan algunas cosas. Por ejemplo, tuve una mala cita meses atrás y ese fue el trampolín para descubrir cosas maravillosas.

Recapitulo: tuve una mala cita. Pésima. Horrible. De esas experiencias que las vemos luego en el tiempo y decimos “cómo hice para caer en esa situación? acaso estoy ciega? sorda? debo dejar el alcohol y las drogas? Cómo ha sido un ser humano capaz de aburrirme tanto en tan poco tiempo?” God only knows.

Hay niveles de horrenditud en las citas. A veces es el contexto el que no ayuda, a veces es la otra persona, a veces es uno mismo.

Recuerdo haber salido con un muchacho relativamente agradable que no dudó en hacerme pagar la mayoría de la cuenta, escudándose en una excusa sexista y espantosa. Ok, lo entendí, de cualquier forma iba a pagar lo que comí, tranquilizate ratón!

A veces el contexto es difícil, sobre todo cuando te explican en la primera cita que su vida se rige por las enseñanzas de una serie de televisión. Cada uno de sus actos son repeticiones de lo que algún guionista (brillante, igual no importa) ha decidido escribir como filosofía. No aguanté mucho, la serie era buena pero ¿en serio? ¿en serio me decís?.

Y por supuesto, a veces es una la que desata el apocalipsis porque no tiene nada mejor que hacer. Muchas de mis peores citas fueron porque internet estaba lento y no podía bajar la película que quería. Uno no va a la guerra si no está dispuesto a matar, de la misma forma, una no va a una cita si no está dispuesta a dejarse mentir un rato.

Lo bueno (que siempre existe) es que una de estas horripilantes situaciones me puso un domingo a la madrugada, con mucho frío, un cigarrillo de ansiedad prendido, caminando por las calles desiertas del microcentro preguntándome CÓMO CARAJOS LLEGUÉ AHÍ.

El resultado fue un debate interno excepcional que me llevó a escribir un bello texto que otro día compartiré.


Como dirían los amantes del new age, reciclar es divertido, todo todo todo se transforma.


26.3.13

CRÓNICA CONSUMISTA


Mi alarma vomitó unos crueles acordes de guitarra eléctrica que me obligan a pensar que quiero morirme para dormir cinco minutos más. Luego hago café en la oscuridad porque el sol no ha pensado en aparecer.

Mi abuela me esperaba sentadita en la galería, paraguas en mano y convencida que no iba a llover. Caminamos por el centro mirando zapatillas y se gastó una fortuna en 3 pares de reebok vintage para sus nietos (ninguno era yo, lamentablemente).

En la vuelta paró en la semillería, emocionada de poder comprar sus especias sin intermediarios que nunca le llevan lo que ella pide. Su preocupación por no tener pimienta negra me pareció legítima y la esperé sentada en banquitos de plástico mientras ojeaba facebook a ver si algún mensaje...

Quiero costeletas de cerdo, me dijo y cruzamos al Mercado del Norte a mezclarnos con la fauna variada de media mañana que come pizza y kipes mientras las sierras chillan cortando huesos.
Es fácil saber quien no pertenece a ese ecosistema, allí donde las bolsitas de plástico o los changos de compras te golpean las rodillas. Un muchacho de zapatillas de lona y camisa a cuadros manga corta se acomodaba los auriculares y observaba alrededor, como quién baja en la estación equivocada. Los carniceros con delantales blancos manchados de grasa y sangre se paran en la puerta de sus negocios, manos en cintura a susurrar piropos a las adolescentes que pasan. Las cabezas de chanchos te miran indiferentes en sus ganchos.

Comentamos que el precio del sábalo está borrado porque es semana santa y son todos unos oportunistas. Tu abuelo se va temprano al banco para conversar, me dice ella y segundos después me grita ¡miralo ahí está!, mientras señala al hombre de pulóver verde agua, regalo de algún cumpleaños, que lo obligan a usar.

Tengo que ir a tocarle el hombro porque no responde a mis gritos al otro lado de la calle. Nos compra costeletas y bifes de corazón. Escucho que está riéndose con el carnicero porque ya debió hacerse amigo y me pregunto por qué no heredé su sociabilidad. O su habilidad para los números.

Nos repartimos bolsas y tomamos el colectivo hacia barrio oeste. Recién noto que mi abuelo usa reeboks también, mirá qué coincidencia.




26.1.13

POR QUÉ MIS SUEGRAS ME ODIABAN

 Parte I

By C.

Estuve conversando con una amiga sobre suegros, suegras y progenitores de pareja en general. Tengo sobre mis espaldas –lo digo sin orgullo, aclaro-, el récord de no haberle caído bien a ningún padre de mis ex parejas.
¿Por qué? Se preguntará algún incauto desconocedor de mis formas.
Analizando muy detalladamente, he aquí un par de razones por las que, seguramente, más de uno habrá querido patearme a la calle.

Number One

Tiendo –por arbitrio del destino- a relacionarme con hombres católicos. O descendiente de madres fuertemente católicas, de las copadas, con vírgenes propias y altares varios, santos favoritos y demás peculiaridades religiosas.
Yo soy atea. Básicamente un demonio evolucionista que larga relajadamente un “jamás me casaré por iglesia” y seguir sonriendo. Entonces puedo leer las caras de esas mujeres bien confesadas ¿qué planes diabólicos tendrá para mi  hijo, cómo es posible? ¿Y qué pensará del Santo Padre?
Y poner cara de circunstancia con cada mención del Vaticano, créanme, no es una forma de ganar el cariño de una suegra.


Number Two

No me gusta la gente. Los padres son gente, ergo, no me gustan los padres. No por una tendencia gratuita a detestar a la raza humana (aunque a veces si), sino por una costumbre arraigada de no confiar en la gente, parezca maravillosa o no.
Entonces, una delicada tirantez en mis modales se notará en mi intercambio social con mis futuros parientes.
Me fascinaría poder decirles: no es algo personal, simplemente no te conozco y podés ser una criatura detestable, no me vas a gustar solo porque participaste en la creación de esta persona que ahora quiero.
Otra vez, no es el mejor discurso para romper el hielo.

Number Three

Las madres suelen poner límites. Las madres suelen creer que la mujercita que elija su crecido bebé tiene que ser una prolongación de ellas mismas. Proyectan, erróneamente, su amparo y cuidado a una perfecta extraña. Pretenden que impongan los mismos límites, que impartan las mismas reglas.
Alerta de carcajada: No creo que una pareja sea un hijo heredado y haya que andar limpiándoles las narices u otros orificios. No creo en poner límites –¿acaso no somos adultos? por las barbas de Odín!-, no creo en albergarlos bajo el ala como una gallinita cuidatodo.
Las buenas intenciones de los padres, la famosa frase yo sé lo qué es mejor para vos, es la mentira más grande después de los Reyes Magos. Ellos pueden no saber que nos hace felices, puede que no sea lo que los hace felices a ellos.  Déjenos tranquilos señora,  encontraremos solitos el camino al País de las Maravillas.


-Por supuesto hay otras razones por las cuales soy un pésimo proyecto de nuera, pero prefiero dejarlo para más adelante. -