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5.9.09

DENTRO TUYO II


Estoy sentado frente a la puerta. El silencio me rodea. Me traga. Estoy dentro del silencio, buceando en sus entrañas de aire. El polvo debajo de mis pies. O de los que eran mis pies. Siento cosquillas.

Me habías tragado vos también cuando nos fuimos a vivir una aventura. También me llenabas con tu aire y hubiese vivido (oh si) mirándote, quieto, fascinado, como miro a la puerta ahora. Una hermosa puerta, si he de decirlo. Una hermosa mujer.

Puedo ser injusto en las comparaciones y lo siento. Afuera del silencio esta la jungla, un desorden, el ruido, o sea vos y tu mundo. Allí ya no me tragás sino que querés mis huesos, o lo que eran mis huesos, para afilarte los dientes, como los perros hambrientos y furiosos.



4.9.09

DENTRO TUYO


Esperaba que el anillo en el anular izquierdo fuese una nostalgia por una esposa muerta. Pasando junto a él escuché parte de una conversación: tenía un hijo. Era un padre.

Tendría alrededor de 26 años, pelo castaño claro y manos perfectas, como nunca antes había visto en un hombre, surcadas por venas ligeramente hinchadas que partían hacia los dedos, largos, de uñas rosadas redondeadas. Sus palmas suaves. Y su boca. Pequeña y fina, roja como una herida abierta manando de sangre.

Quería tomarlo, beberlo y succionarlo. Lo veía feliz y quería su energía para volver a vivir. Volverme rosada, turgente como sus labios, llenos de sangre, para morderlos y sentir la frescura corriendo por mi boca mis dientes, chorreando por mi cuello y bajando. Frescura infinita que me hiele que me congele y lo vea detrás el vapor de mi aliento.

Te devoro hasta que tus ojos dejen de brillar; tu sonrisa -que amo- es verde y mullida como un campo en verano. -Te deseo-. Aquí mismo te abrazaría sin ropa, sintiendo los latidos en cada una de tus venas, las marcas blancas de mis dedos apretándote, romperte. Quiero romperte, desgarrarte como una seda exquisita, fina tu piel, fina la seda, apenas manchada de puntos rosados, pecas carmines por todo tu cuerpo que tiembla en mis brazos mientras resbala, entre mis lágrimas...

-pausa-

Esta dormido con su boca entreabierta, deseando mis besos. Me mira, mi rostro detenido en sus pupilas, suya más allá, sus ojos sus pupilas me atraparon, me encerraron con él y lo acompaño en algún sendero eterno.

No tiembla, lo cubro, mi calor y su frescura, es su sangre en mis manos.

Lo rompí. Grito.

Quiero unirlo. Me arranco las uñas, llorando...

-Te lloro, amor mío!-

Ha muerto ha muerto.





27.8.09

CON LOS OJOS CERRADOS


Vamos de viaje, por la ruta gris, mirando el atardecer sobre los campos lisos. El horizonte anaranjado. Él maneja su auto con soltura, relajando sus brazos sobre el volante, golpeteando los dedos aún cuando no hay música. Conversamos y me cruzo de piernas hundida en el asiento. Me desafía. Se tapa los ojos y me obliga a tomar el volante para no chocar. Grito. Lo reto. Me asusto. Me río. Se venda los ojos con un pañuelo azul y blanco de algodón. Se ríe. Estoy muy cerca de él, de su cara. Me besa tomando completamente mi boca. Siento sus labios suaves que por primera vez no estan ansiosos. Vamos a chocar, pienso, pero no puedo evitar cerrar los ojos y disrutarlo.

Afuera esta frío y huele a campo. La ruta tiene unos pocos autos que con la inminente oscuridad, van prendiendo sus luces. Doblamos en un camino de tierra, hacia una quinta perdida entre el follaje. La casa es grande y sencilla, con una galeria de piso rojo en el fondo. Se siente el chisporroteo en alguna parte del fuego. Habría un asado pero falta la carne, falta todo.

Su amigo nos recibe, me abraza con mucho cariño. Me recrimina el tantísimo tiempo que no nos vemos. El abrazo dura más de lo normal y me besa el cuello haciendo ruidos chistosos. Nos reímos. Lo quiero mucho y también lo he extrañado. Pienso en que diría El Chico del Beso en el Auto, que camina cerca, saludando a los demás.

La noche ha caído. Mi hermano, que también se encuentra allí, me lleva aparte y me pide que lo lleve a la ciudad. Acepto. De paso, pienso, traigo vino y provisiones. Es temprano, quizás las nueve. Nos perdemos en el camino, llegamos a la ruta, a la parada de omnibus. Nos sorprende el tráfico, intenso ahora, que nos ciega con sus luces altas. Cuál tomamos? Cualquiera que nos lleve al centro de la ciudad. Subimos y espero no olvidar como regresar y encontrar la casa en la oscuridad. Pero es temprano.

El Chico del Beso en el Auto se quedó en la casa. No lo extraño. Apenas pienso en él. Llevo mis dedos a la boca y ahí si, extraño, recuerdo su boca en la mía. El sabor. El camino que pasaba debajo, rapidísimo, y nosotros sin notarlo. Extraño el beso, mi labio aprisionado. (Desde la plaza, me dijo su amigo, se llega fácilmente, todos conocen donde queda la casa). Las piedras quejándose debajo de mis pies, las hojas. Reconozco el camino de tierra, la veo: la casa iluminada, las risas adentro, la botella de vino en mi regazo.